Mónaco no es un destino de resort, y justo por eso existe el Monte-Carlo Bay. Abierto en 2005 en una península de cuatro hectáreas en el extremo de Larvotto, es el único hotel del principado construido alrededor de la idea de que quizá no te muevas: una piscina laguna con fondo de arena, una piscina convencional, jardines, un spa Clarins, un casino y Blue Bay, donde Marcel Ravin tiene dos estrellas Michelin por una cocina que bebe de sus raíces caribeñas.
El patrón en las opiniones de los huéspedes es que funciona mejor como estancia familiar o de resort que como estancia en Monte-Carlo. Las habitaciones son modernas y cómodas más que con carácter, casi todas con balcón, y las que dan al mar miran de vuelta hacia la ciudad por encima de la playa de Larvotto. La queja que más aflora es la distancia: la plaza del casino está a 20 minutos andando o a un trayecto corto en autobús, y la carretera de la playa no es bonita.
Encaja con familias, grupos y cualquiera que quiera días de piscina con Mónaco como velada opcional. También es la jugada de valor dentro del grupo de los grandes hoteles: por lo que el Hermitage cobra por una habitación básica, aquí a menudo consigues vistas al mar.